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Ayudar al niño dispráxico

La dispraxia puede suponer una verdadera desventaja en numerosos ámbitos escolares. Para no poner en riesgo el futuro de estos niños, hay que tenerla en cuenta, tanto en la educación por parte de los padres, como en la aplicación de dispositivos específicos.

Ayudar al niño dispráxico
© Thinkstock

La dispraxia es un trastorno de la coordinación motora que afecta, aproximadamente, a un 5% de los niños; de 2% a un 3% presentan consecuencias en casa y/o en el colegio. Torpes, lentos, vagos, poco cuidadosos… Los adjetivos que describen a estos niños son a menudo poco halagadores.

Un niño por aula sufre dispraxia

La dispraxia, también llamada trastorno del desarrollo de la coordinación motora (TDCM)1 es un déficit de la coordinación  motora que puede afectar, a diferentes niveles, a la motricidad fina, la motricidad general y el equilibrio. “Puede afectar sólo a uno o a estos tres ámbitos”, precisa Caroline Huron, investigadora en ciencias cognitivas y madre de un niño dispráxico. “Estos niños poseen una inteligencia normal pero muestran dificultades a la hora de realizar determinadas tareas para las que parecen más lentos y torpes que los niños de su misma edad. Se estima que cerca del 5% de los niños son dispráxicos y para un 2% a un 3% de ellos la dispraxia representa una importante desventaja en su vida cotidiana2.”

Una torpeza molesta

Los niños dispráxicos pueden golpearse con los marcos de las puertas, tirar objetos, tener dificultades a la hora de ponerse la ropa, de atarse los cordones, de comer sin ensuciarse… Del mismo modo, pueden no sentirse cómodos con algunas actividades de ocio y deporte (puzzles, juegos de construcción y de balón, natación, bicicleta...), tener dificultades a la hora de situarse en el tiempo y en el espacio, no reconocer caras... Normalmente, cuando existe una disgrafía3 asociada, su trastorno se detecta en el parvulario, con la introducción de la escritura.

“En los niños, la escritura nunca es algo automático”, explica Caroline Huron. “La grafía les demanda mucha energía, de modo que sus resultados se desmoronan después de unas cuantas letras o líneas. Los niños dispráxicos también pueden tener dificultades al calcular operaciones, nombrar objetos, utilizar las tijeras… ¡o simplemente para abrir su carpeta o encontrar un boli en su estuche!"

Cuando no se trata la dispraxia con la puesta en marcha de adaptaciones, si es necesario, las dificultades corren el riesgo de acumularse, sobre todo, en el ámbito escolar.  “En el sistema actual casi todo el aprendizaje y la evaluación de los conocimientos adquiridos pasa por la escritura”, continua la investigadora. “Los niños dispráxicos están tan concentrados en el dibujo de las letras que no pueden prestar atención al sentido de lo que están escribiendo".

Ayudar al niño dispráxico en el día a día

Informarse sobre la dispraxia ayuda a reconocer y comprender sus repercusiones en el niño. Sin embargo, no todas las manifestaciones de la dispraxia son fáciles de identificar y algunas son a veces inesperadas (enuresis, voz inaudible...). “Si el niño no modifica su comportamiento cuando sabe que corre el riesgo de que le riñan, lo más frecuente es que sea porque no puede, debido a su trastorno”, señala Caroline Huron.

Resulta igualmente imprescindible explicar la dispraxia y sus consecuencias al niño y a las personas que lo rodean. “Los padres pueden decirle que es dispráxico, que este trastorno explica sus dificultades pero que no cuestiona su inteligencia y que van ayudarle a encontrar soluciones”, recomienda la especialista.

Para que el niño no se frustre debido su dispraxia y se esfuerce inútilmente, hay que encontrar trucos o medios materiales. El objetivo es simplificarle la vida, privilegiando su autonomía y valorando lo que le será realmente útil cuando sea mayor: podemos utilizar una vajilla más resistente, zapatos con velcro en vez de cordones, camisetas en vez de camisas… Así se puede replantear su entorno.

Por supuesto, resulta totalmente inútil regañar a un niño dispráxico por las dificultades relacionadas con su trastorno. Esto parece evidente pero, a veces, hay que demostrar una paciencia infinita y aprender a dominar las reacciones cuando ocurre la “catástrofe”. “El niño es el primer apenado”,  insiste Caroline Huron. “Hay que tranquilizarlo y quitarle importancia a lo ocurrido. También hay que valorar sus esfuerzos, incluso si no todo es perfecto. Un niño que se viste solo por primera vez merece que lo feliciten, incluso si no ha combinado bien la ropa".

Ayudar al niño dispráxico en la escuela

Los padres, profesores y otras personas exteriores que intervengan en la vida del niño (médicos, personal sanitario…) deben convenir un “proyecto personalizado de escolarización”. Este permite poner en marcha adaptaciones en el colegio y, ocasionalmente, la introducción de herramientas de compensación (por ejemplo, un ordenador) o de una ayuda humana (apoyo de un profesor particular).

En el colegio, al igual que en casa, puede resultar necesario encontrar estrategias que permitan al niño avanzar al ritmo de sus compañeros. Con frecuencia, estas estrategias consisten en utilizar otros medios como el dibujo, la lectura o la escritura para aprender y recomponer los conocimientos.

Puede simplificarse la escritura, el profesor puede proporcionarle fichas resumidas de las lecciones y leerlas en voz alta o hacer dictados o  textos para completar… La informática también puede aportar su granito de arena: para el niño es más fácil escribir en un teclado y algunos programas permiten presentar los textos y ejercicios de una manera más legible.  

La especialista señala que “las adaptaciones deben ponerse en práctica con la ayuda del niño. En cuanto a los textos, por ejemplo, un niño preferirá grandes caracteres en blanco y negro, otro la alternancia de colores, otro el subrayado... En cualquier caso, no sirve de nada pedir al niño que acumule páginas de escritura. ¡Sería como esperar que un miope consiguiese leer de lejos sin gafas a fuerza de entrenar!”

A. Plessis

Fuentes:

1- El término dispraxia del desarrollo ya no se incluye en las clasificaciones internacionales que hablan de trastorno de la coordinación motora originada en el desarrollo. La dispraxia no está relacionada con una lesión cerebral o con una enfermedad neurológica aunque pueda estar asociada.
2- Los únicos estudios de los que disponen los investigadores son extranjeros. Se tratan de estudios en niños de 5 a 12 años en los que no se mide la repercusión de la dispraxia en la vida cotidiana y con una enorme variación en las cifras que aportan. Sólo un estudio mide la repercusión de la dispraxia a través de la escritura. Estima su incidencia en un 1,8%.
3- La disgrafia, trastorno del grafismo, puede estar relacionada con la dispraxia pero no necesariamente.

Publicado el 05/04/2012Comentar

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