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Estrés
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Cómo reconocer si estás estresada

Los estados de estrés son comunes a ambos sexos, pero en la población femenina revisten unas características especiales dados numerosos factores.

Cómo reconocer si estás estresada
© Thinkstock

¿Cómo actúa el estrés?

El estrés, de acuerdo con la definición inicial de los fisiólogos cuando se empezó a investigar, se caracteriza por tres fases: alarma, Resistencia y agotamiento.
Estas tres fases se producen frente a cualquier esfuerzo que se ejerce en la vida diaria. Tras la fase de agotamiento, sucede un tiempo de reposo, por breve que sea, hasta poder volver a aplicar energía a un objetivo concreto. Estos mecanismos desencadenan a su vez cambios químicos, físicos y psíquicos que preparan al organismo para enfrentarse a situaciones que implican lucha, temor, huida... Según Hans Selye, el estrés produce el denominado síndrome de adaptación general; es decir, la reacción corporal en que están implicados los sistemas nerviosos y el endocrino.
El cerebro dirige los mensajes que, a través de los nervios motores, llegan a los músculos: se eleva la tensión arterial, la frecuencia cardíaca, el nivel de azúcar en la sangre, se liberan glóbulos rojos, el tránsito intestinal se hace más lento y se libera adrenalina. El hipotálamo recibe también mensajes de estrés y entonces activa el sistema hormonal endocrino.
Si el estrés dura en el tiempo más de lo debido, el reposo no produce efecto; es decir, a corto plazo, los mecanismos bioquímicos que se ponen en marcha en el organismo pueden ser útiles, pero si se alarga puede generar anomalías en el propio organismo.

Síntomas del estrés

Las manifestaciones típicas de un estado de estrés se han de diferenciar de señales que de forma puntual y esporádica se puedan presentar a lo largo de la vida, pero que remiten con facilidad de forma espontánea; por ejemplo, cierta inquietud frente a un cambio laboral, la preparación de una boda, etc.
Existen algunos síntomas característicos que pueden aparecer en el plano físico y psicológico. Hay que tener en cuenta que el estrés femenino tiene un carácter múltiple y que según cada mujer, y de acuerdo con sus antecedentes personales y el momento vital por el que esté atravesando, tendrá una aparición diferente.
El estrés no se instala en la persona de forma radical de un día para otro, sino que se va generando un avance progresivo que se refleja en la aparición de los síntomas citados, al principio de forma aislada y posteriormente ampliándose hasta configurar un cuadro de perturbaciones tanto psíquicas como somáticas.
En muchas ocasiones, al principio puede no darse demasiada importancia a alguna de estas señales, considerándolas como un leve trastorno pasajero, pero es evidente que no se puede confundir un estado de cansancio tras la realización de un esfuerzo mental o intelectual con un estado de carácter permanente que va instalándose en la cotidianidad de la persona, degradando su calidad de vida.
A las mujeres, dada la complejidad de los diferentes roles que pueden ejercer socialmente, a veces les cuesta más que a los hombres reconocer que están enfermas y tratarse adecuadamente, ya que ello implica temporalmente prescindir de ejercer algunas tareas que están investidas de una gran responsabilidad en varios frentes: hogar, hijos, trabajo...; por ello, para localizar los síntomas de estrés en primer término hay que escucharlos.

Síntomas de carácter emocional

Los síntomas que afectan al estado emocional son accesos de ansiedad, angustia, accesos de pánico o temores persistentes, baja tolerancia a la frustración, irritabilidad, ausencia de deseos para emprender proyectos que agradan o bien sensación de incapacidad para llevarlos a término, dificultad para reír, bajo tono afectivo en las relaciones interpersonales, desorientación...

Síntomas físicosmás frecuentes

Los síntomas físicos que aparecen con más frecuencia en un estado de estrés son dolor de cabeza, dolor de espalda, dolor de pecho, acidez de estómago, problemas digestivos, náuseas, mareos, aceleración del ritmo cardíaco (palpitaciones), fatiga crónica, aumento de tensión arterial, sudoración excesiva o sudor frío, colitis, micción frecuente, dificultad para respirar normalmente, trastornos del sueño, alergias...
También, al margen de las señales de malestar típicas del estrés comunes a ambos sexos, en la mujer estresada aparecen un conjunto de síntomas específicos tales como trastornos menstruales (amenorrea o dismenorrea), disfunciones sexuales, infertilidad, alimentación incorrecta por defecto o por exceso (anorexia o bulimia), consumo inadecuado de alcohol u otras drogas, etc.

Factores de riesgo

La aparición de algunas enfermedades, y más especialmente las que tienen implicaciones físicas y psíquicas, está influida por factores de tipo ambiental e individual. Los sujetos son más o menos vulnerables a ellas de acuerdo a un conjunto de variables que inciden ya desde su nacimiento –e incluso antes– que pueden llegar a producir en algún momento que la balanza se desequilibre y aparezca el sufrimiento.
Los factores de riesgo más comunes que pueden incidir en la aparición de estrés pueden clasificarse en tres grandes apartados: los de orden social, ambiental e individual. Algunos de estos aspectos son comunes a ambos sexos, pero existen otros que afectan de forma específica a las mujeres.

Sociales. El estrés no es un fenómeno surgido en la actualidad, como se cree muy a menudo, sino que siempre ha existido; la diferencia está en que en épocas relativamente recientes se ha conceptualizado científicamente. Pero es cierto que hoy en día, debido a una serie de circunstancias, han nacido nuevas formas de vida que no se daban en el pasado y que son generadoras de situaciones de estrés.
La sociedad moderna se rige cada vez más por un sistema de valores en el que se sobrevalora la competitividad, la lucha por lograr el éxito en el terreno académico, laboral y económico para llegar a un estatus determinado que conlleva el reconocimiento de los otros. Estos esquemas empujan a todos los individuos, muchas veces en detrimento de no contemplar el enriquecimiento interno. Ya desde la infancia, los niños reciben muchas presiones del exterior para que su rendimiento escolar sea satisfactorio, pero si el aspecto afectivo está descuidado, se le está orientando a establecer un patrón de vida disarmónico.
Concretamente en la niña, el mensaje, desde un punto de vista global, puede ser mucho más complejo que en el niño, ya que hasta no hace demasiado tiempo (y en numerosas culturas aún está muy vigente) el único rol asignado tenía que ver con la futura realización de su función como esposa y madre.
Habiendo entrado en el siglo XXI, en la sociedad occidental, las mujeres se enfrentan a una serie de exigencias sociales y mensajes contradictorios que pueden hacer difícil el cumplimiento estricto de la expectativa de brillar en todas las facetas de la vida: estudios, trabajo, hogar, hijos..., ya que indirectamente se les solicita que incorporen un perfil activo y dinámico en la sociedad, pero, al mismo tiempo, que sigan sosteniendo la estabilidad del mundo familiar.
La mujer de 30 a 40 años, que trabaja y a la vez vive en pareja con hijos, suele padecer las tensiones derivadas de cumplir sus funciones de forma adecuada en toda las áreas, lo cual la conduce a los efectos de la ansiedad y la angustia progresivamente.

Por otra parte, la mujer que se dedica a las tareas del hogar y al cuidado del marido e hijos exclusivamente puede sentirse desvalorizada o creer que no está ejerciendo el papel que la sociedad le demanda, porque se supone que también debe trabajar fuera de casa.

Ambientales. La aparición de un grado elevado de tensión puede venir condicionado por un conjunto de factores, entre los cuales hay que contar con determinadas circunstancias ambientales que pueden actuar como factor desencadenante en conjunción con las influencias de tipo social y la forma de dar respuesta de cada persona a las situaciones de la vida.
Cambios de vida. Algunos ejemplos en ese sentido pueden encontrarse en los cambios de vida, tales como contraer matrimonio –con la fase previa de organización del evento, adecuación del nuevo domicilio, aprendizaje de la convivencia con una persona en la etapa inicial– o tramitar el divorcio –que conlleva una pérdida, un glosario de pasos legales, administrativos, traslado...–, que pueden llegar a mermar las reservas de energía psicofísica de los sujetos que lo están atravesando.
Trabajo. Determinadas condiciones de vida a nivel colectivo pueden ocasionar estados de estrés: reajustes laborales en empresas que implican despidos, jubilaciones anticipadas, dificultades específicas de las mujeres tales como conciliar trabajo y maternidad, despidos o disminución de la categoría profesional como consecuencia de las bajas por los partos, etc.
En los lugares de trabajo pueden generarse determinadas situaciones que favorezcan la aparición del estrés; los cada vez más frecuentes estudios del denominado acoso laboral, en el que muchas mujeres se ven afectadas tanto en el aspecto de relación (sintiéndose desvalorizadas, objeto de una crítica permanente...) como en el aspecto sexual (pudiendo recibir desde insinuaciones a actos de fuerza que invaden su intimidad física).

El día a día. En la vida cotidiana aparecen con frecuencia circunstancias en principio carentes de gravedad, pero que si son vividas de forma frecuente con un alto grado de ansiedad y unidas a otros componentes de tipo más personal se califican de estresantes: dificultades en el desplazamiento en horas punta en vehículos privados, largas esperas del transporte público, mucho tiempo de cola en establecimientos, acudir tarde a las citas, recibir muchos invitados a comer, etc.
La calidad de vida en las grandes ciudades se obtiene también en función de los diseños urbanísticos y las medidas medioambientales que proporcionen a los ciudadanos y las ciudadanas, como la existencia de suficientes zonas verdes, la adecuación del horario comercial con el horario laboral, la reducción de contaminación y de ruidos, etc.

Individuales. En el proceso de interacción permanente entre los factores puramente subjetivos y los de carácter social y ambiental se concretan las claves para la aparición del estrés. La historia personal de cada mujer (según se haya desarrollado su infancia, su adolescencia o el tipo de vínculos que haya creado con su entorno familiar) incidirán en la configuración de determinadas tendencias para responder de cierta forma a las situaciones que la vida le va presentando.
Una mujer que durante su infancia haya vivido numerosas situaciones angustiantes y que haya incorporado un modelo de mujer sufridora a través de su madre u otra figura materna, en principio tendrá mayores problemas para que su organización psíquica se desequilibre cuando aparezcan ciertos condicionantes.
Cuando se analiza en profundidad la forma cómo interactúan con los demás las personas que padecen estados de estrés frecuentes, generalmente aparece la dificultad de asumir que existen límites, que no se puede hacer todo ni estar en todas partes ejerciendo un papel a la perfección. La fantasía de poder alcanzar metas desproporcionadas a la propia realidad sitúa a la mujer que padece estos efectos en un círculo vicioso. Cree erróneamente que un alto nivel de acción la conducirá a la realización completa de los objetivos que se ha marcado, cuando precisamente es a partir del reconocimiento de los límites y de que nunca se cubrirá al cien por cien el ideal que puede empezar a relajarse, vivir el presente y plantear el funcionamiento de su vida de forma que le resulte menos costosa emocionalmente hablando.
Por tanto, también hay que considerar los antecedentes individuales aunque ello no implique ni mucho menos minimizar la gran responsabilidad de las coordenadas socioambientales en la aparición y el mantenimiento prolongado de los estados de estrés.

Factores relacionados con el cuerpo. El cuerpo de la mujer atraviesa a lo largo de la vida una serie de transformaciones relacionadas con el ciclo reproductor: las hormonas producen modificaciones que pueden llegar a tener una repercusión en el estado anímico, pero aun así no hay que olvidar que esas oscilaciones no poseen un poder absoluto sobre el bienestar o malestar psicológico de la mujer, sino que el nivel de malestar psíquico profundo tiene más relación con la vivencia subjetiva que se siente del
propio cuerpo.
Algunos de los momentos en que puede aparecer estrés son: tensión premenstrual, menstruaciones muy dolorosas, abortos, embarazos complicados, tiempo de posparto en que la mujer no se halla suficientemente atendida y a gusto consigo misma y con su bebé, o menopausia vivida con el temor de pérdida de la juventud y de signo de femineidad.

Publicado el 12/02/2010Comentar

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