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Malos tratos y violencia en el ámbito de la familia
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El maltrato infantil: Una etapa dura en lugar de la época más feliz

Especialmente dramático, por lo irracional de dicha conducta, puede considerarse el maltrato hacia el infante. Aunque sus formas son diversas, las consecuencias son siempre trágicas y difíciles de superar dada la edad de la víctima.

El maltrato infantil
© Thinkstock

Sus formas de aparición van desde la más solapada (el descuido en la alimentación o la hidratación, que acaban comportando la aparición de algún tipo de retraso en el crecimiento o en el desarrollo psicomotor, por ejemplo) hasta la más llamativa (y por otra parte, más fácilmente diagnosticable), que es la agresión. La primera, que podríamos denominar la forma negligente, es la más frecuente en la sociedad actual. Sin embargo, por requerir atención médica con mayor frecuencia, suele ser el maltrato por agresión la forma más diagnosticada en los centros de salud y los hospitales.

Dentro de la agresión, existe una variante especialmente llamativa, que es el abuso sexual.

Se ha constatado que las carencias sociales (paro o precariedad laboral, determinadas adicciones, o la ausencia de una red social con la que contar) muchas veces se oculta detrás de un caso de maltrato infantil. Así, al menos, lo indicaba el Dr  en Pediatría José Antonio Díaz Huertas, en una entrevista que vio la luz el 25 de junio de 2010.

¿Cómo se puede diagnosticar un caso de maltrato físico en un infante?

Hemos de partir de un dato desalentador: Ocho de cada diez casos de maltrato infantil pasan desapercibidos. Son datos facilitados por la Sociedad Española de Pediatría Extrahospitalaria y Atención Primaria.

Una de las cosas que más llaman la atención en este tipo de pacientes, es que presentan lesiones en la piel (si la agresión ha sido física) en diferente estadio evolutivo. Es decir: Si todas ellas dan lugar a hematoma, estos presentarán diversas coloraciones (desde el azul o morado inicial, al amarillo final) en función del tiempo que haga desde la agresión. Evidentemente, en este caso estaríamos ante una agresión no puntual, sino mantenida de forma repetida.

Se dice, además, que la piel es un muy buen testigo de un maltrato infantil. Y es cierto. Hasta en un 90% de los casos de maltrato infantil, en la piel queda alguna señal de alarma (algún testigo) que deberíamos aprovechar para el diagnóstico. De entre todas las lesiones que suele padecer un niño maltratado, destacan, por su frecuencia, los moratones (hematomas), las quemaduras, las mordeduras, y la denominada alopecia por tracción (“tirar de los pelos”).

A la hora de inspeccionar la piel de un niño sobre el que tenemos la sospecha de un maltrato, hemos de buscar zonas poco comunes de aparición de cualquiera de las cuatro manifestaciones citadas. Estas zonas pueden ser, por ejemplo, la cara interna de los muslos (lugar sobre el que es muy difícil que se produzca una contusión accidental). También es frecuente la aparición de lesiones por contusión sobre zonas blandas, sin prominencias óseas por debajo (glúteos, espalda, brazos). El maltratador busca, golpeando sobre estas zonas sin hueso, evitar hacerse daño.

Entre los efectos que podemos encontrar en la piel de un niño, y que nos puedan hacer pensar en un maltrato por negligencia (descuido), están la mala higiene y la presencia de piojos en los cabellos.

En caso de mordedura, ¿cómo saber si la ha realizado otro niño (compañero de escuela, por ejemplo), o bien un adulto? Por la separación de los caninos entre sí: Una separación entre caninos superior a 3 cm ha da hacernos pensar en un adulto como causante.

El grupo de las quemaduras ocupan entre un 6 y un 20% de todos los casos de maltrato físico a un niño. El grupo de edad más frecuentemente afectado es el de los menores de 3 años. Y en cuanto a los tipos de quemadura, dos son las dominantes: Las escaldaduras por agua caliente, y las quemaduras por cigarrillos, según datos publicados por el periódico El Mundo.

La alopecia, que suele ser, como indicábamos arriba, por tracción, suele presentar bordes irregulares, y hematomas en la zona de piel de la que se avulsiona el cabello.

Un indicador que ayuda a sospechar que detrás del cuadro que vemos hay un maltrato es el hecho que un padre muy raramente lleva a su hijo a ser atendido justo cuando lo ha agredido. Suelen pasar horas (en el mejor de los casos), o incluso días, hasta que acuda al centro de salud. Por tanto, una lesión que se produjo hace unos días, por definición, es susceptible de ser investigada. Será la explicación que nos dé luego el progenitor, que no queden aspectos poco claros, turbios, lo que nos convenza que el origen es puramente accidental.

Otro lugar de asentamiento típico de lesiones en el niño maltratado son los huesos. Así, no es raro que, tras una “caída casual” (motivo por el que el padre/madre lleva a su hijo a urgencias del hospital), y tras realizar una radiografía para comprobar la integridad ósea, puedan aparecer lesiones, ya consolidadas o no, en otras zonas del esqueleto. Esto nos ha de hacer ponernos en guardia.

En la sospecha de abuso sexual debemos estar especialmente alerta en casos de embarazo en adolescentes, aparición de alguna enfermedad de transmisión sexual (verrugas genitales, por ejemplo) o de infecciones de orina repetidas, sin una causa aparente.

Pero también debemos estar alerta ante determinados problemas psíquicos

Un adolescente (o incluso ya en edad infantil) con alteraciones de la conducta, o con problemas en su alimentación (trastornos como la anorexia o la bulimia, tan frecuentes en nuestra época), nos ha de poner sobre aviso. También aquél que relata frecuentes trastornos del sueño (insomnio, terrores nocturnos). O aquella persona a quien se le vuelve a escapar la orina o las heces tras un período de continencia normal. Mucho más llamativo, y por tanto, más fácil de diagnosticar es el caso en que el joven desea suicidarse,  no seguir viviendo. Esto, evidentemente, ya suele hacer detenernos en su caso, e intentar averiguar los motivos de tales deseos. Pero nunca está de más mantener la guardia.

El miedo hacia los progenitores (o alguno de ellos en especial). O a los adultos en general (muchas veces puede pasar por pura timidez, y que se nos escape el problema).

En la escuela, fijarnos sobre todo en los niños que buscan el aislamiento, en los que tienen especial dificultad para el aprendizaje.

Capítulo aparte es el bullying. El drama de este problema es que, en este caso, el maltratador no es un adulto, sino un compañero de la escuela, o de los juegos en la calle. Los factores que favorecen el bullying, sin embargo, varían un poco respecto a los que presentan las personas adultas que ejercen el maltrato infantil.

El resultado del maltrato infantil puede ser trágico

Indistinguible, de hecho, de un cuadro de psicosis típica: Alucinaciones visuales y auditivas. Así lo cree el Dr. César Soutullo, jefe de la Unidad de Psiquiatría Infantil de la Clínica Universitaria de Navarra. Las citadas manifestaciones tienen ya algunos años; pero no han perdido vigencia. Por tanto, quizás algunos de los cuadros de esquizofrenia diagnosticados en la actualidad, puedan tener una base en el maltrato infantil. Es una suposición a confirmar; pero no parece descabellada. En cualquier caso, el propio Dr. Soutullo indicaba que las alucinaciones percibidas por el adolescente solían tener relación con el propio maltrato. Así, el joven podía creer oír a su padre insultándolo o menospreciándolo. En este sentido, más que tratarse de una esquizofrenia al uso, estaríamos ante un síndrome de estrés postraumático, debido a la persistencia de las agresiones padecidas.

De todas formas, nuestro psiquiatra situaba el inicio de todas estas manifestaciones a la edad (aproximada, evidentemente) de los 13 años. Raramente sucede algo así antes.

Publicado el 17/10/2012Comentar

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